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Sunday, May 6, 2012

La violencia ancestral


Se da como conocido que los animales salvajes, los no seleccionados artificialmente por los humanos, los que conocemos como fauna, no son violentos per se, y esto parece cierto para la gran mayoría, pero como en todas las cosas hay excepciones a esta generalización: los primates, y no solamente porque los humanos somos uno de ellos.
Hoy viven en nuestro planeta alrededor de 150 especies de primates. Llanamente dicho, unos ciento cincuenta tipos diferentes de monos, aunque hay que recordar que en la jerga zoológica “mono” es una clase especial de primate.

La casi totalidad de estas especies de primates son sociales, es decir viven en grupos, y aparece un dato interesante: a mayor tamaño promedio del grupo social, más grande es el por ciento de corteza cerebral con relación al resto del cerebro. Un reconocido primatólogo contemporáneo ha escrito: “la principal parte de nuestro cerebro parece que ha sido formada por la evolución para chismear y acicalarnos, cooperar y hacer trampas, y obsesionarse con quien se aparea con quien”.

En otras palabras, la corteza cerebral, la que nos hace percibir el mundo y responder a sus cambios es primordialmente un sistema neural para resolver problemas de la vida en sociedad.

Entre los primates violentos tenemos a los babuinos. Presentan notables diferencias en tamaño entre los machos y las hembras, los primeros con gran desarrollo de los caninos o colmillos y hay varias especies.

El babuino de la sabana, más adaptado a la vida terrestre que arborícola, vive en grupos con una estructura rígida y la carne que se obtiene en la caza se distribuye desigualmente en el grupo. Se ha investigado su alta conducta agresiva y un estudio determinó que la mitad de los machos adultos mueren en peleas violentas y gran parte de su agresividad la ejercen contra terceros; o sea, un mono de estos de mal humor ataca al primer miembro del grupo que inadvertidamente se le ocurra en ese momento pasar por su lado. Otro dato: la mayoría de los animales presentan “señales de paz” para terminar una confrontación. Es como decir: “me rindo”. En muchos de ellos, como los carnívoros, la señal es mostrar el vientre al antagonista; en otros es adoptar, por un macho, una postura femenina de sumisión sexual. Los babuinos son tramposos en estas señales, muchas veces el emisor de la señal atacará de nuevo o el receptor no toma la postura de abandono de la refriega en cuenta y aprovecha para causar más daño aún al contrincante.

En el otro extremo, tenemos a los gibones de la India y Malasia. Son monos arborícolas, selváticos, con mucho alimento a su disposición. Son monos tranquilos. Los machos y hembras son físicamente parecidos y no hay marcadas características sexuales secundarias en los primeros. Hacen parejas de por vida y los machos ayudan en el cuidado de las crías.

De todos los primates es con los chimpancés que presentamos los humanos mayor relación genética. Un estudio muy reciente ha llegado a replantear una idea de hace siglos, pero que no se ha llevado nunca al gran público: que no hay justificación para que los humanos y los chimpancés se clasifiquen en dos géneros zoológicos distintos, que o somos Pan los dos o somos Homo los dos. Un asombroso 99.4% de sitios importantes del ADN es idéntico en ambas especies. Alcanzamos la madurez sexual, los humanos y los chimpancés, luego del mismo número de años y para comparar, los gorilas lo realizan en la mitad del tiempo. Los años para alcanzar la madurez sexual son un indicador de nuestro reloj genético y del tiempo real que deben los padres cuidar de los hijos.

Hay dos especies de chimpancés. El chimpancé normal que conocemos todos de los zoológicos y películas, que se creía tranquilo a partir del recuerdo de Chita, la mona chimpancé de Tarzán de los  Monos; y que hoy sabemos, luego de años de investigadores convivir prácticamente con ellos en plena selva africana, que es artero, tramposo, quisquilloso, agresivo y de una jerarquía móvil en sus grupos sociales; y el chimpancé enano, los bonobos, que sólo recientemente han sido catalogados como especie distinta.

Los bonobos, selváticos, son todo lo contrario de su primo el chimpancé. No son generalmente agresivos ni presentan una musculatura masiva, comúnmente reparten la comida entre todos los del grupo y su sistema social está dominado por las hembras. Presentan sistemas muy desarrollados para zanjar diferencias y resolver tensiones sociales y el sexo, libre, todo el tiempo, de todas formas y entre todos los sexos es un componente esencial de ese mecanismo de limar las asperezas sociales. Curioso, presentan un gen, que no presentan sus primos chimpancés, que promueve conductas afiliativas entre machos, con el consecuente aumento de la cohesión social.

¿Ha sido el ambiente y la ecología lo que ha formado estos grupos sociales tan distintos entre diferentes especies de monos? ¿O ha sido su genética? Ambas preguntas están mal formuladas. Hay que tener los genes necesarios y vivir en el ambiente adecuado  para obtener un resultado dado. Los genes ofrecen la potencialidad y el ambiente, el marco de lo posible para que en un organismo se produzca una conducta dada. Conducta cuyos mecanismos neurales serán heredados por las siguientes generaciones y que la reproducirán favorablemente si el ambiente sigue siendo el mismo que cuando apareció, o desfavorablemente, si el ambiente ha variado lo suficiente para convertirse entonces en mal adaptada. Y el ambiente es muy variable en nuestro planeta Tierra.

Y nosotros, los humanos, ¿qué tipo de primates somos? Una cosa sí sabemos, ¡no somos monos! Y como señaló el gran evolucionista ucraniano Theodosius Dobzhansky: “todas las especies son únicas, pero los humanos son los más únicos”.

La violencia y la agresión en humanos tienen sus genes y sus circunstancias. Seguiremos con el tema.

violencia y cerebro

A diferencia de otros primates estudiados, muy probablemente no existan grupos humanos exclusivamente violentos o pacíficos todo el tiempo y en todas las circunstancias, pero sí podemos encontrar individuos exclusivamente violentos o exclusivamente tímidos. Nos preocupan más los primeros, por el daño que pueden causar a otros y a ellos mismos. Por muchas razones, nos parece que la mayoría de los humanos son más bien pacíficos gran parte de sus vidas y han desarrollado estrategias adecuadas para resolver conflictos. De hecho, nuestras principales hormonas liberadas bajo estrés se corresponden con la de mamíferos sociales  dados a la huida y no al ataque.

¿Entonces, por qué algunos individuos son tan violentos? La violencia nace en el cerebro y este termina de formarse al llegar a adultos, con una intensa fase de formación de conexiones en los primeros años de vida.

A mediados del siglo XX se realizó un estudio hoy clásico: Harry Harlow en la universidad de Winsconsin expuso monos recién nacidos a madres sustitutas de alambre o de alambre forrado con alfombras. Al llegar a adultos, los monos así criados presentaron conductas desviadas, eran retraídos y en especial altamente agresivos. Algunos, cuya madre sustituta se movía de lado a lado, “meciendo” a las crías, al llegar a adultos presentaban las conductas violentas más atenuadas. En ese tiempo no se asoció este hecho a nada especial; el movimiento desarrollaba el cerebelo y éste no jugaba ningún papel en conductas emotivas y no se investigó más el asunto. Hoy sabemos cosas nuevas.

El cerebelo, que inclusive es clave en ciertos tipos de aprendizaje, tiene muchas conexiones con núcleos del tallo cerebral responsables de las principales vías de serotonina, noradrenalina y dopamina, importantísimos neurotransmisores, estas vías  llegan al sistema límbico cerebral y a la corteza premotora, que intervienen en muchas de nuestras conductas, incluyendo aquellas de escape/ataque frente a peligros y estresores ambientales.

Una investigación hoy ampliamente citada, el estudio Dunedin, de Nueva Zelandia, da seguimiento a 1000 niños nacidos en 1972-73 hasta hoy. El dato fundamental encontrado, en el aspecto del estudio de la agresividad, es que el maltrato a niños en la primera infancia los hace propensos a cometer crímenes y conducta antisocial cuando adultos. La neurociencia no se ha quedado atrás. El abuso a menores produce un estrés (una respuesta del organismo) que varía el desarrollo cerebral apropiado, y en menores de cinco años, el cambio resultante puede ser catastrófico.

El abuso físico y sexual en menores produce cambios notables en el electroencefalograma de entre un 70-77% de los niños. Además aparecen cambios de tamaño en el hipocampo y la amígdala límbica, núcleos correlacionados estrechamente con la agresividad. Ambas áreas límbicas varían sus conexiones con el lóbulo prefrontal, cuya estimulación experimental disminuye la agresividad en todos los mamíferos y  es considerado responsable del auto control y auto-disciplina; área inhibida durante la etapa de ritmo MOR (considerada como la responsable de los sueños) mientras dormimos.

Por otro lado, los niños abusados procesan las emociones negativas sólo en el hemisferio derecho, mientras el resto de la población lo hace con los dos hemisferios y en niñas abusadas sexualmente disminuyen las conexiones del cuerpo calloso (principal vía de unión de los hemisferios cerebrales), fenómeno que también se observa en varoncitos si  son desatendidos. Y agreguemos a todo esto que hoy sabemos que la agresión, así como la avaricia, activa los centros de placer o recompensa, los mismos que son activados por las drogas recreativas ilegales.

La genética agrega otro componente a este escenario: la actividad de un gen responsable de la síntesis de la enzima MAOA (monoaminoxidasa), la responsable del tiempo de actuación de los neurotransmisores serotonina, noradrenalina y dopamina antes citados. El gen tiene cinco variantes, de las cuales se han investigado a profundidad dos: la variante que produce bajos niveles de la enzima ( presente en el 30% de los varones) y la que produce los niveles más elevados, presente en algo más de un 60% de los varones humanos estudiados.

Un 35% de los niños maltratados del estudio Dunedin y con una MAOA elevada, realizaron conductas antisociales, pero la unión de maltrato con genes de baja producción de MAOA resulta en un 80% de individuos con conductas antisociales y más de un 30% de ellos fueron condenados judicialmente, responsables de actos muy violentos. En el 2005, otros estudios corroboraron estos datos. No estaba muy equivocado el famoso psiquiatra Hans J. Eynsek, cuando en los años 60 del pasado siglo proponía que la criminalidad era altamente heredada, un balde de hielo en una época que creía que todos los males eran sociales, y que por supuesto hizo que nadie le prestase atención.

Hoy se acepta que el maltrato infantil aumenta en un 50% la probabilidad de volverse criminal, pero no todos los niños maltratados lo son, su genética los defiende.

Se habla de varios factores que predisponen a la violencia en estos estudios: cuidado parental duro e inconsistente que no premia las acciones buenas, familias en conflicto, cambios repetidos de la principal persona que cuida al niño y un solo padre/madre. Por lo general los niños hablan tarde, tienen dificultades de aprendizaje, son hiperactivos, impulsivos y muestran ira. Una primera falta grave (o arresto en sociedades desarrolladas) entre los 7 y los 11 años es uno de los indicadores más seguros de una continua conducta ofensiva cuando adultos.

Pueden llegar estos niños abusados a presentar el desorden de personalidad limítrofe (Border-line): ven las cosas sólo en blanco y negro, colocan personas sobre un pedestal para luego de una pequeña falta posterior crucificarla. Presentan explosiones volcánicas de ira y episodios transitorios de paranoia o psicosis. En su vida llevan una historia de relaciones intensas e inestables, se sienten vacíos e inseguros de su personalidad, se convierten en hiperreligiosos temporales y pueden tener ideas suicidas.

El dato reciente de la extrema violencia contra niños en nuestra América, 9 niños muertos cada hora, principalmente por violencia doméstica, nos indica que en el futuro los sobrevivientes de dicha violencia serán la fuente a su vez de una mayor violencia social.

La exposición a un fuerte estresor temprano en la vida, acompañado de un genotipo particular genera efectos neurobiológicos y moleculares que alteran el desarrollo del individuo de una manera adaptativa, preparando su cerebro adulto para sobrevivir y reproducirse en un mundo peligroso. Que haya sido su estrecho nicho social el peligro, y no toda la sociedad, puede entonces producir un individuo mal adaptado, violento y peligroso o puede retardar profundamente su desarrollo, como el caso de los niños abandonados en los orfanatos de Rumanía, caso ya famoso, o en lo literario el caso de Yilal Gravoski, el niño de Simón y Elena, adoptado en Viet-Nam y que era mudo sin ser sordo, por el trauma de una guerra que nunca entendió, en la novela de Mario Vargas Llosa “Travesuras de la niña mala” (Alfaguara, 2006).

La expresión por mí escuchada en una entrevista de un alto funcionario gubernamental encargado de la represión legal de la violencia en nuestro país, expresando que si él fuese hijo de una familia paupérrima fuese un ladronzuelo, es no sólo patética, sino infundada, salvo que él sepa porqué lo dice. Tenemos más de la mitad de la población por debajo del índice de pobreza y no me parece que  todos esos niños sean violentos y ladronzuelos, al contrario, están en las escuelas y llenan nuestras universidades.

Los llamados a cero tolerancia contra la violencia infantil y doméstica en general no son un grito en el vacío. Es la opción más acorde con lo que nos muestra hoy todo el avance científico de los últimos 50 años para constituir una política preventiva de la criminalidad y la violencia antisocial.

Thursday, May 3, 2012

la lechuza, el espejo y el arzobispo

Acento.com.do, mayo 5 del 2012.

La vieja y fea lechuza vuela sigilosamente por las noches intentando atrapar sus presas, principalmente ratones. Los ojos de las aves presentan mayor cantidad de receptores de luz (conos y bastones) que cualquier mamífero, por milímetro cuadrado de superficie. En otras palabras, los visión de las aves es por mucho, mejor que la nuestra. Además, internamente en el ojo presentan una especie de peine (el pecten) que entre otras cosas ayuda a detectar movimiento y en las aves nocturnas, como nuestra fea lechuza, hay mas bastones, que son los encargados de la visión bajo poca luz, que conos. También sus ojos son tubulares y están de frente en la cara; pueden así tener visión estereoscópica. Es lo que nos permite a nosotros  (y a muchos otros primates) la visión en perspectiva.

Pero si colocamos una vieja y fea lechuza frente a un espejo verá a otra lechuza. Tan vieja, fea y plegada como ella. Nunca se verá a sí misma.

Esto hizo Charles Darwin con un orangután del zoológico de Londres. Le puso frente a un espejo y describió sus reacciones. No las comprendió muy bien.

Algo más de cien años después, y leyendo lo que intentó Darwin, un psicólogo norteamericano, Gordon Gallup (nada que ver con las encuestas Gallup internacionales, ni con las encuestas Gallup de aquí) repitió el experimento, pero con un mejor diseño, en cuatro chimpancés preadolescentes.

Resultó que los chimpancés, luego de unas 40 horas frente al espejo (varias horas al día), se reconocen en el. Mucho se ha discutido al respecto, pero hoy día la prueba del espejo se tiene como un indicador de autoreconocimiento individual, que es lo que la neurociencia  reconoce como consciencia.

Consciencia es una palabra de múltiples significados, polisémica, según los entendidos. Tirar una cáscara de guineo por la ventana de una yipeta en movimiento es un gesto de ausencia de consciencia social. Mandar a alguien a infamar a un colega es ausencia de consciencia ética. Estar anestesiado es estar inconsciente, según los médicos.

Pero la neurociencia piensa la consciencia como el autoreconocimiento. Soy consciente si se quien soy y que soy distinto de todos los demás. Si se que el dolor que siento es mío y de más nadie. Que el amor que siento, yo lo siento. Consciencia es mi Yo, mi unicidad; mi ego, si se quiere.

Los humanos nos iniciamos en la consciencia alrededor de los dos años. El niño se reconoce en el espejo y no piensa que, como la vieja lechuza, es otro niño el que vive dentro del espejo. El infante humano comienza así a expresar pertenencias. ¡Eso es mío! Y a muchos no les gusta repartir, y algunos siguen así toda la vida, se convierten en comesolos.

Otros animales pasan la prueba del espejo, pero solo los adultos o casi adultos y luego de muchas horas frente al espejo: gorilas, orangutanes, algunos monos, delfines, elefantes y las urracas, un ave familia de los cuervos y azulejos. La idea es que hay que tener mucho cerebro  (en relación al peso corporal) y este debe de ser muy interconectado, muy complejo, para producir esa función.

A propósito, no hay espejos en la naturaleza. Se imagina Ud. lo que es pasarse la vida “sabiendo que Ud. es Ud., pero ¿sin saber nunca que es lo que Ud. parece?”. Fue una gran invención humana eso de los espejos. No fueron tontos nuestros indios cuando cambiaban oro por espejitos, pues se veían tal cual eran, cada uno de ellos por vez primera y tuvieron de repente una mayor y más acabada consciencia de sí mismos. Eso no fue poca cosa y, creo yo, bien valía el oro que simplemente brillaba por ahí.

“Darwin no tiene mucho que decir para solucionar el problema de la consciencia y no veo demasiado avance en las explicaciones científicas sobre el tema” dijo el arzobispo de Canterbury Rowan Williams, en su reciente diálogo con el biólogo Richards Dawkings sobre “La naturaleza del ser humano y la cuestión de su origen último”.

El arzobispo no hizo su tarea.

Son miles los artículos científicos sobre este problema y varias las vías de búsqueda del entramado cerebral preciso donde ocurre este fenómeno que llamamos consciencia en los humanos.

Desde los estudios de Derek Denton (El despertar de la consciencia, Paidos, 2009; Oxford Univ. Press, 2005) donde señala a la circunvolución del cíngulo como fundamental en nuestras percepciones personales de sed, hambre, calor, miedo, sueño; los trabajos de Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2005, con sus estudios sobre el área del lóbulo parietal dorsal que en tiempo real recibe todas las sensaciones y movimientos de nuestro cuerpo ( El sentimiento de lo que ocurre: cuerpo y emoción en la construcción de la consciencia, Harvest Book, 2000 y Self comes to mind, Pantheon 2010); hasta los 25 años de estudios, investigaciones, artículos científicos y libros de Francis Crick  -1916/2004- (el mismo de Watson y Crick, los descubridores de la estructura del ADN, y que todos una que otra vez hemos escuchado mencionar) que como biólogo molecular y biofísico se dedicó a las neurociencias enfocando el estudio de la consciencia a través de la visión y del lóbulo occipital cerebral.

Mala fe del arzobispo de Canterbury (¡otra vez!) al proponer que es a través de “esa consciencia” que un ser sobrenatural existe e interviene en nuestras vidas. Bueno, mala fe o desconocimiento, pero con idéntico resultado: no sabía de lo que estaba hablando; y es que resulta imposible hoy día defender razonablemente la hipótesis de un Dios, que además de creador (discusión con los físicos), nos interviene nuestras mentes (discusión con la neurociencia).

Preparaba y pensaba este artículo cuando encuentro en la literatura algo muy extraño que rara vez ocurre: dos ensayos, uno en Scientific American Mind & Brain (abril del 2012) y otro en The New Scientist (abril 20 del 2012), ambas revistas de alta divulgación científica de reconocimiento mundial y ambos ensayos escritos por el mismo autor, Cristof Koch. C.Koch fue el coautor de los últimos libros de F. Crick y su principal colega (y alumno) durante los 25 años de investigaciones sobre la consciencia humana.

Koch dirige actualmente un nuevo proyecto en el Allen Institute for Brain Science en Seattle de 10 años de duración, con cientos de investigadores de diversas áreas del mundo y que ha recibido 300 millones de dólares para los primeros cuatro años.

Ambos ensayos de Koch son una clara respuesta al arzobispo de Canterbury y su “punto” de integración humana y religiosa. Claro, Koch sabe lo que es ser políticamente correcto, no menciona la discusión para nada, (si no, nunca hubiese conseguido un instituto de 300 millones en ninguna parte) y no deja de plantear que aunque estudia comprender la consciencia (su ensayo se titula “Nos acercamos más a la consciencia en el cerebro”) “nunca ha perdido el sentido de vivir en un universo mágico” y que su Dios está más cercano al de Baruch Spinoza que al pintado por Miguel Angel.

Como van las cosas pronto veremos a Spinoza como el filósofo más universal de todos los tiempos, para alegría de mi buena amiga Elsita Saint-Amand de Díaz Carela.

Todavía nos falta tiempo, a gran parte de la humanidad, para comprender a plenitud el real significado de lo que la ciencia de hoy nos está diciendo. Cien años dijo Noam Chomsky, en una conferencia que nos dictó hace un tiempo en el Intec, que nos faltaban.
 
De lo que si estoy seguro es de que esta nuestra época será vista en el futuro, no como el siglo de la comunicación, ni de la Internet, ni de la libertad, ni del desarrollo. Será reconocido como “el siglo donde comenzamos a entender lo que somos”. Apuesto a eso. Y la vieja lechuza seguirá viendo otra lechuza cuando en doscientos años más la coloquen frente a un espejo. Los humanos sabremos más que eso y viviremos en consecuencia una más plena y mejor vida

Thursday, April 12, 2012

La hipotesis de Dios

Acento.com.do, 12 de abril del 2012.

Cuando llegué a la Universidad estatal de Kiev a realizar mis estudios de doctorado, no pasaba un día que no me presentasen varias personas: los profesores de la Cátedra de Fisiología Animal y Humana, los investigadores del Instituto de Fisiología de la universidad, los otros aspirantes al doctorado de la cátedra, de otras cátedras de la Facultad de Biología. Y una pregunta se repetía varias veces al día: “que bueno que estás aquí con nosotros José y cuál es tu problema? ¿cuál es tu pregunta?” Yo saludaba tímidamente y respondía: “estoy estudiando”. Antes del mes ya no aguantaba más la situación y me presenté a mi Director de Tesis y le dije: Tengo un problema Dr., ¿qué es un problema?¿qué es una pregunta? Yo no entiendo nada.

Mi jefe científico sonrió amablemente y me envió con un papel escrito por él (que no entendí, por supuesto, además de que en ruso las letras de imprenta son totalmente distintas en la forma a las manuscritas) a quien sería mi segundo y directo asesor científico. Para hacer corto el cuento, éste me prestó dos textos en inglés: un pequeño libro de Ivan Pavlov sobre Fisiología y Psicología y otro sobre la investigación científica del francés del siglo XIX Claude Bernard: Introducción al estudio de la medicina experimental.

Una semana después (bajo la suposición que me había leído ya ambos libros) me dijo: “tu problema es lo que tú quieres saber, lo que intelectualmente te preocupa y que debes formular como una pregunta. No es algo simple de presentar. El tema puede haber sido ya tratado antes, pero tu pregunta tiene que ser nueva. Y tu respuesta tentativa tiene que poder estudiarse en un laboratorio”.

Con el tiempo estudié y comprendí lo que es un problema científico y más ampliamente un problema intelectual. Aprendí la diferencia entre una investigación científica y un levantamiento de datos para tomar decisiones. También aprendí que la respuesta tentativa a un problema científico es lo que se denomina una hipótesis.

Mucho se ha escrito sobre lo que es y no es una pregunta y una hipótesis científica y los filósofos de la ciencia y algunos destacados científicos han presentado variadas opiniones al respecto. Como se prueba una hipótesis y hasta donde estamos seguros de estas pruebas es otro campo que también se ha estudiado mucho. Pero eso es hoy y ahora. Hoy una pregunta científica es lo que estudia la ciencia y una hipótesis científica es la explicación tentativa que ofrece la ciencia, que debe probarse (refutarse dicen los filósofos).

Pero lo anterior no significa que la humanidad antes de la ciencia no se hiciera preguntas válidas y que no diera respuestas a sus preguntas. Pudiéramos llamar hipótesis vulgares (no me gusta el término) o quizás mejor hipótesis simples a esas respuestas que intentábamos pensar para entender mejor el mundo que habitamos.

Todo lo arriba escrito viene al caso por un reciente encuentro entre representantes de dos formas de pensamiento.

A fines de febrero en el Reino Unido se realizó, en la universidad de Oxford, un encuentro entre el Arzobispo de Canterbury, R. Williams, (líder espiritual de la Iglesia Anglicana, cuya cabeza oficial es la Reina de Inglaterra) y el genetista, evolucionista, divulgador científico y ateo militante Richard Dawkings, autor de varios libros, entre ellos El Gen Egoísta ( un clásico ya en Ciencias Biológicas); de la definición de Meme, para aquellas ideas que supuestamente evolucionan y se expanden culturalmente y  The God Delusion (H. Mifflin Company, Boston, N.Y., 2006). El debate, recordando otro histórico realizado en 1860 sobre la obra de Charles Darwin El Origen de las Especies, fue todo un éxito. Hay que saber que en Inglaterra hay que pagar para asistir a estos eventos y sus derechos se venden a la televisión. Es todo un espectáculo de la alta cultura. Su título fue “Sobre la naturaleza de los seres humanos y la cuestión última de sus orígenes”.

Lo que dijeron Williams y Dawkings fue muy comentado en toda la prensa mundial, con encabezados como “el obispo también viene del mono” hasta “la diabólica teoría de la evolución”, como vemos, para todos los gustos.

En nuestro país Acento.com, claro, nos trajo noticias del debate en el artículo de opinión “Sobre Dios y nuestros orígenes” del 01 de marzo pasado, por Leonardo Díaz.

Una discusión (eso sí, civilizada y ecuánime y con valor de mercado, por supuesto) de este tipo siempre se desliza hacia la “pregunta” sobre la existencia de Dios y sobre su papel en todo lo que existe.

Escribe Leonardo Díaz “la pregunta sobre la existencia de Dios es tan antigua como la historia de la humanidad y como todas las preguntas de su naturaleza carecen de auténticas respuestas… pues no son problemas en el sentido estricto del término”. Ese es por supuesto el canon actual. La existencia de Dios no es una pregunta científica, no es un problema científico y por lo tanto la ciencia no tiene nada que opinar al respecto.

 Pero veamos la idea de que no es una pregunta, sino una respuesta. Y que no fue desde el principio de la humanidad, sino más para acá, desde los griegos. En su erudito trabajo sobre el origen de Dios o mejor con su título ¿Como comenzó la idea de Dios?, de Colin Wells en el  Journal of Humanities ande the Clasics, de la Universidad de Boston (Fall, 2010), este muestra como la razón de los griegos fue la primera en proponer un Dios único, de los muchos que tenía la humanidad de entonces y antes, y fueron los mismos griegos quienes se hacían la pregunta sobre la existencia de dioses y los que comenzaron a negarla…pero la dejaron como pregunta.

Aunque muchos antropólogos señalan que los primeros dioses fueron animales, prefiero verlos como respuestas a fenómenos naturales. Dios no es un problema, no es una pregunta. Es la respuesta a una pregunta, a la pregunta de “¿cómo fue que apareció todo esto?”; “¿de dónde es que vienen las montañas, los ríos, los animales, nosotros?” Preguntas válidas en los principios de la humanidad, cuando seguramente también nos comenzamos a preguntar ¿Y por qué el sol se va moviendo y se desaparece y reaparece al otro día?, ¿Y por qué la luna y las estrellas aparecen después que se va el sol?; ¿por qué se enferma la gente, se muere la gente, nacen hijos con deformaciones? Todas preguntas válidas para aquellos seres que fueron nuestros ancestros y que luchaban por sobrevivir en condiciones muy adversas y solo con su cerebro como arma de defensa. Las respuestas “naive” que aparentemente se dieron han durado milenios, hasta hoy!...

Todos sabemos la respuesta simple, la hipótesis simple al movimiento del sol en nuestro cielo: la Tierra es el centro del universo y el sol gira a su alrededor; todos sabemos lo que costó primero pensar, luego decir y más tarde demostrar sin ninguna duda razonable que es la Tierra la que se mueve. Igual pasó con las enfermedades, eran espíritus malignos, eran mal de ojo y envidia de otros; costó mucho trabajo, y aguantar muchas hogueras, pensar hipótesis alternativas y luego demostrarlas. Hoy día, aún aquellos que siguen pensando en dioses y en demonios, buscan antibióticos cuando se enferman. Y claro, de esas hipótesis simples, de esas respuestas primeras que ofreció la humanidad a lo que veía y a lo que le afectaba, surgieron los que decían las respuestas y se convirtieron en religiosos y formaron las religiones.

Por eso muchos científicos nunca han aceptado “El Canon” de que la ciencia nada tiene que decir.  Ante la pregunta de si creían en Dios ya muchos han contestado “no necesito esa hipótesis” y es así como el mismo Dawkings encabeza el segundo capítulo de su libro The god Delusion: La Hipótesis de Dios.

La ciencia ha demostrado que si tiene y mucho que decir. Una a una hemos tenido la oportunidad de vivir en esta nuestra época como los antibióticos, las vacunas, la genética han ido sustituyendo aquellas hipótesis simples por hipótesis científicas (aunque los genetistas, cuando tienen un hijo, siguen preguntando si ya alguien les ha regalado su azabache al bebé). Se han ido sustituyendo respuestas inocentes por respuestas que resuelven problemas y nos ayudan a vivir más y a vivir mejor.

Y me extrañó la discusión con Dawkings, no son los evolucionistas los que han desbancado la última hipótesis simple que sobrevive aún, la existencia de Dios. Han sido los físicos cosmólogos, con el también británico Stephen Hawking a la cabeza (S.Hawking & L.Mlodinow, The Grand Design, Bantam Books, 2010), los que han propuesto una respuesta alternativa y probable. En el Big Bang se creó la materia, el espacio y el tiempo. No hay tiempo antes del Big Bang, por lo tanto no hay causas. El universo se autocreo y no tiene propósito. Los modelos matemáticos inclusive proponen que pudieran existir múltiples universos y estar apareciendo ahora mismo y continuamente.  Como dijo el propio Hawking, no hay Dios, no hay “cielo”, no hay vida eterna. Y se puede ser y vivir feliz conociendo eso. El propósito de la vida humana es ser feliz, asegura Fernando Savater, el filósofo ganador del premio Primavera de Novela de Espasa Calpe del 2012 (200,000 euros más publicación), añadiendo que es esa idea su principal contribución al pensamiento filosófico occidental.

La ciencia si ha estudiado, y con mucho éxito, aquellas simples hipótesis formuladas por nuestros ancestros en el inicio de elevar su mirada al cosmos, en la sabana, fuera de los árboles.

Y la ciencia si puede estudiar, y de hecho lo hace y bastante bien, como han transcurrido, que han hecho, que ha resultado de esas institucionalizaciones de aquellas respuestas simples, que se convirtieron en religiones y creencias irracionales. Qué papel han jugado en la cultura de los humanos y qué problemas han creado y cuales, supuestamente, han resuelto.

Claro, la última gran novela que disfrutaron los franceses, escrita por una filósofa de profesión, Muriel Barbery, La elegancia del erizo (Gallimard , 2006; Seix y Barral, 2007, 2009 y 2010 en español) hace hablar a su protagonista así: “Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos-aunque no fuere más que en fantasía- tanto por el placer como por la descendencia prometida.”. Aquí en nuestra media isla la última novela que vi en la prensa anunciándose fue una sobre Judas y su entorno, o sea, el mundo anda por allá y nosotros aquí aún pensando y creyendo en apóstoles y traiciones e idas al “cielo”, sin cohetes ni trajes espaciales. Inclusive se les llama extravagantes o simplemente “atronao” (o uno de muchos sinónimos) a aquellos que insisten en pensar y conocer como se piensa hoy. Bien, por ahí vamos, que se le va a hacer.

Otras ideas que se me han ocurrido leyendo sobre ese último encuentro entre la ciencia y la razón  y la simpleza de mentes acomodadas espero presentarlas en el futuro, si mis lectores,  Acento.com y el azar así lo permiten.

Thursday, March 1, 2012

Avanzar para atras

Acento, marzo 1 de 2012.

No, claro que no, éste no es un artículo partidista y ni siquiera político. “Avanza para atrás” es el grito de los “pitchers” de guaguas cuando se les acumula gente en la puerta. Poco importa que el diccionario defina avanzar como: “ir hacia delante”; en los autobuses dominicanos, en las guaguas dominicanas solo se avanza hacia atrás. Y ojalá fuese solo en las guaguas.

 Bueno, pero es que a pesar de todo, a pesar de tener los mismos problemas de hace 15, 30 o sesenta años, la comunidad de personas que hace de su hábitat la República Dominicana, ha cambiado, pudiéramos decir ha avanzado, aunque no sepamos para donde.

Y los cambios en ciertas esferas son notables; por ejemplo, en tv hemos cambiado de Fredy y Cuquín a Raymond y Miguel, y quizás ese notable ejemplo sea el espejo de todo lo demás.

Es curioso, pero no invisible. Otros ya han observado mucho antes que yo este fenómeno de cambio y claro, lo han descrito mucho mejor. La primera respuesta que nos viene a la mente es que la globalización nos ha cambiado, aunque la palabrita es unos 40 años anterior a los cambios actuales de las comunicaciones y la “sociabilidad” en redes. Hoy nos ha cambiado entonces la comunicación, o eso decimos.

Alvaro Pombo, ese filósofo profesional, que devino en literato exitoso, y profundo en el tratamiento de sus personajes, expone al inicio de su novela Virginia o el interior del mundo (Planeta, 2009) en el personaje de Gabriel que “parece un vertiginoso comienzo de siglo. Y reconoce que, desde cualquier punto de este mundo incipiente, puede contemplarse todo el resto del mundo gracias a los nuevos medios de comunicación, gracias a las fotos, a los documentales, a la radio…hoy día todo está en todo”. Y claro, su novela está situada a inicios del siglo XX. Algo nos quiere decir este afamado escritor que, recordemos, estudió y terminó una carrera en filosofía.

Como dijo alguien alguna vez, cada generación se cree que sus problemas son catastróficos y únicos, aunque solo leer un poco y pensar algo más, nos señala que en el fondo siempre son los mismos problemas. El ser humano como organismo social, con sus humanos problemas. Así como las ratas, otro organismo social, con sus ratoniles problemas de siempre.

Y es que todo nos parece nuevo, en parte, porque solo vemos lo que queremos ver. Y esto no es una metáfora. El libro de Daniel Kahneman , Thinking, fast and slow ( Farrar, Straus y Giroux, 2011), que ya hemos citado antes en estas entregas ( y que debe estar ya en traducción y prometo solemnemente que si me saco el loto regalaré un ejemplar a cada diputado, cada senador, cada ministro, cada viceministro, cada síndico, cada sindicalista, cada profesor universitario, cada líder comunitario, cada obispo y por supuesto uno a cada periodista y cada opinionista de nuestro país –claro tiene que ser un buen loto-) viene en nuestra ayuda.

Los humanos solo poseemos la capacidad de focalizar sobre un número limitado de cosas en un momento dado. Si nos focalizamos en una sola cosa, podemos ser totalmente ciegos a otras cosas que ocurren a nuestro alrededor. El libro citado por Kahneman, El gorila invisible, de C.Chabris y Daniel Simons nos ofrece este encantador ejemplo. Hicieron un vídeo de dos grupos (uno en camisetas blancas y otro de camisetas negras) que se pasaban una pelota de básquet continuamente. Al observador del vídeo se le pide que cuente los pases solo de los blancos. A mitad del vídeo aparece una mujer vestida de gorila blanco que atraviesa el grupo de jugadores caminando, acción que dura 9 segundos en el vídeo. La mitad de los que ven el vídeo no notaron la presencia del gorila blanco!! (si se busca el libro en la Internet, hay un link al vídeo del gorila y puede verlo y presentárselo a quien guste).

Pero hay algo más. Parece que algún vivo de un equipo de los que juegan en el basketball interuniversitario norteamericano se leyó hace poco a Kahneman y en un juego reciente entre dos equipos universitarios, con el juego muy cerrado, en el último minuto uno de los equipos colocó seis jugadores en el tabloncillo, uno más que lo permitido, como sabemos todos, y así ganó el encuentro y nadie se dio cuenta!! Según las reglas de dichos encuentros, el juego era válido, aunque los vídeos posteriores mostrasen claramente los seis jugadores interactuando. Y de esto no hace dos meses.

Y eso hacen nuestros ojos y nuestros cerebros con lo que tenemos enfrente, que con nuestras ideas, es aún peor.

Este 2012 cumple 50 años el clásico texto de Thomas Khun La estructura de las revoluciones científicas, quizás el texto “moderno” más citado por nuestros profesores y estudiosos porque de aquí salió la idea de “paradigma” y “cambios de paradigmas”. Presentando un homenaje a las ideas de Khun el filósofo del evolucionismo Michael Ruse, en un breve artículo en la revista The Chronicle of Higher Education de este mes de febrero, le agradece haberle mostrado que “el origen de una idea influye sobre la idea” y sobre su posterior desarrollo, quisiéramos añadir nosotros.

Y pensando en “pitchers” de guaguas y gorila blancos estamos cuando nos arropa la presente campaña electoral y escuchamos lo que dicen y se dicen los principales candidatos. En este nuestro país, con un estado basado en una “psephocracia”, gobiernos que no se basan en el imperio de la ley, porque nadie la cumple, comenzando por los encargados de hacerla cumplir, y que su legitimidad solo depende del conteo de los votos en unas elecciones, lo que se dice y lo que se mira; y lo que no se dice porque no se quiere o no se puede ver, es importante,… pero abrumador.

Pero si vemos de donde salen las ideas de cada candidato, cual ha sido el devenir de esas ideas y como la práctica, ese cedazo de la realidad, ha afectado la idea primaria, quizás, solo quizás, podamos salir de la bruma, del ruido de carnaval que acompaña nuestra política. Y talvez podamos seguir tropicalmente avanzando hacia atrás y evitar en algo la ceguera mental que los que confunden información con conocimiento nos están vendiendo.

Tuesday, February 14, 2012

EL CEREBRO ENAMORADO

Acento.com.do; febrero 14 del 2012

Daniel G. Amen es un psiquiatra estadounidense exitoso. Posee varias clínicas especializadas y ha publicado una decena de libros. Sus obras pudiesen clasificarse como de auto-ayuda, con la salvedad que se basan en los últimos avances de la neurociencia. Ha sido premiado por sociedades científicas aunque algunos investigadores piensan que muchas de sus conclusiones y recomendaciones son una extensión muy forzada de los datos que ofrece la ciencia. Esta introducción se hace necesaria ya que el título de este artículo El cerebro enamorado es el mismo de su libro, The Brain in Love (Three River Press, 2007) y varios de los datos aquí presentados están en su citada obra. Traté de buscar otro título, pero para usar tres palabras (lo ideal en un pequeño ensayo) no encontré otras más adecuadas.

Es ya sabido. La creencia de que amamos con el corazón es herencia del pensamiento griego y la idea de que solo poetas pueden hablar del amor es del romanticismo alemán de siglos ya idos.

Hoy, en el siglo 21, no tenemos ninguna duda, es el cerebro el enamorado; es el cerebro el que está feliz y es el cerebro el que llora el desamor.

La testosterona, esa hormona acusada de ser la responsable del machismo de muchas sociedades, es también la hormona del deseo sexual y tanto en varones como en hembras. Y hoy día es señalada además de ser la hormona de la infidelidad.

Maridos de alto nivel de testosterona son  43%  más proclives a divorciarse, tener enredos extramaritales y hasta un 50% con mayor probabilidad  de no casarse nunca. Los varones con menos testosterona son los que se casan y permanecen casados, aparentemente porque esta baja producción de la hormona los hace más calmados, menos agresivos e intensos y mas cooperativos.

Pero la testosterona no anda de su cuenta. Una neurohormona de la pituitaria o hipófisis actúa sobre las gónadas para regular la reproducción: la oxitocina. También funciona como interlocutora de neuronas cerebrales y es fundamental en la formación de relaciones sociales y en la confianza que depositamos en otras personas.

Es clásico ya el estudio de M. Kosfeld y colaboradores en Suiza (Nature, 2005), comentado por nosotros en otra entrega, donde se demostró que utilizando oxitocina  en rociado nasal en varones, estos daban más dinero a “socios” en un juego simulado de una operación financiera riesgosa. “La oxitocina afecta específicamente el deseo individual de aceptar riesgos sociales que aparecen en las relaciones interpersonales” concluyó dicho autor. Y qué más riesgoso que enamorarse, diríamos nosotros. Es una apuesta social confiando en el otro. Y la oxitocina nos aumenta la sensación de “sentirnos cerca” del amado, que se quiere tocar y acariciar.

Los varones presentan menos oxitocina que las hembras, pero ojo, inmediatamente después de una eyaculación aumenta en un 500% su producción y liberación en el cerebro. Esto también nos da sueño, así como los bebes se duermen cuando reciben la leche materna cargada de oxitocina.

Por supuesto que es un riego enamorarse, pero como dijo un profesor de filosofía español recientemente, las personas nos hacemos mejores junto a otras personas.

Pero con la oxitocina aparece otra neurohormona de la hipófisis, químicamente muy parecida, la vasopresina. Funciona regulándonos la presión arterial y la cantidad de agua en el cuerpo y  también el amor.

Un reciente estudio sobre el gen regulador del receptor de la vasopresina en el cerebro señala que si tenemos una variación- el gen alelo 334- y dos copias de este alelo, con seguridad hemos tenido mayor número de crisis de promiscuidad. Aquellos que no presentan esta variación son amantes más devotos.

Y hoy sabemos qué partes del cerebro se involucran en ese sentimiento de pertenencia que es el  amor. Y algo importante: no está en un solo centro cerebral, está distribuido en núcleos de hasta distinto tiempo evolutivo. Lo que nos dice que se ha ido haciendo más y  más compleja esta interrelación a través de los milenios de nuestra evolución.

Nuestra amada está en las sinapsis de nuestras neuronas por todo nuestro cerebro y no de una manera ligera. Algunos estudios de pacientes que perdieron su memoria totalmente luego de enfermedades cerebrales, sus memorias de datos y episodios de su vida, que se guardan en el lóbulo temporal cerebral, muestran un curioso fenómeno. Estos pacientes, dos músicos en particular, recordaban algo, la música que ya sabían y como se llamaba y quien era su mujer.

Los estudiosos, Oliver Sacks  entre ellos, con un paciente presentado en su obra Musicophillia (2007, traducida ya al español por Anagrama), suponen que estos enfermos conservaban memorias de procedimiento, memorias de lo que hacemos y sabemos hacer en tiempo presente, siempre en presente. Memorias guardadas en centros neurales cerebrales antiguos evolutivamente, centros motores muy asociados a nuestras modernas áreas pre-frontales. Que buen regalo de San Valentín: nuestras amadas ya pueden estar seguras que siempre, siempre, las llevamos con nosotros, aun no las estemos pensando. El amor es como montar bicicleta: nunca se olvida.

Y claro, es catastrófico cuando perdemos ese amor. El cerebro no sabe prácticamente que hacer. Disminuyen la serotonina y las endorfinas, reguladoras del dormir, del placer, del dolor. No en balde el PROZAC (que aumenta la serotonina cerebral) ha sido un record de ventas para la industria de los fármacos.

Pero, ¿por qué nos enamoramos de una persona particular y no de otra? Muchos en neurociencias plantean hoy que pensamos gráficamente, como si las ideas fuesen fotografías. El notable científico V. S. Ramachandran, al explicar cómo aprendemos, parte de este criterio, en un artículo en The Mind (ed. J. Brockman, Harper, 2010). Por otro lado, en el mismo 2010, en ratones, científicos británicos encontraron una proteína específica en las feromonas que producía un acercamiento aprendido a un individuo particular. El cerebro de ratón es para olores, los nuestros son visuales.  Puede ser que algo así nos pase aunque visualmente y también tenemos un acercamiento aprendido a un único individuo (y cada vez que caemos en el amor lo hacemos con el mismo tipo de persona y de parecidas características físicas).

Pero el cerebro es un inventor de historias y el amor es un autoengaño.

Claro que sí. Es la manera de nuestros cerebros hacernos cumplir con la norma biológica de reproducirnos. Y al igual que todo autoengaño es más antiguo que el lenguaje, que la poesía, está en la evolución, es una estrategia de supervivencia. Es como dice Robert Trivers, ese gran teórico de la evolución y de la sociabilidad, en su The Folly of fools: the logic of deceit and self-deception in human life (Basic Books, 2011): el autoengaño es cuando la información verdadera es excluida preferentemente de la consciencia, planteando que esto ayuda a manipular a los otros. Pero siempre sabemos a quién es que preferiblemente queremos manipular.

De ahí la inmortalidad de Don Pedro Flores y su canción: “Si no eres Tú/ yo no quiero que me hablen de amor/porque nadie comprende mi amor/ si no eres Tú”.

Sunday, December 25, 2011

La patologia de la libertad

Diciembre 22 del 2011; Acento.com.do

Al conversar con mi querido amigo el Dr. Felo Nazario Lora sobre el asueto navideño, me expresó que tenía el libro que quería que leyese en estos días, que recién había recibido de Madrid, España: El placer de vivir, del filósofo francés contemporáneo André Comte-Sponville, publicado por Paidos, de Espasa Libros, en este 2011. Es la primera edición en español del libro editado en francés en el 2010 con 101 artículos breves presentados por el autor en distintos medios en Francia durante los últimos veinte años.

Y los escritos abarcan desde la vida cotidiana, el amor y sus demonios hasta la vida social y política, todos y cada uno relacionados con ideas filosóficas actuales y clásicas.

Nos habla sobre la libertad. Ser libre es hacer lo que queremos….y hacer para el hombre es actuar, pero es también querer y pensar y de ahí tres libertades distintas. Nos recuerda la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, adoptada por la ONU el 10 de diciembre de 1948, casi por unanimidad: 48 votos a favor, ninguno en contra y 8 abstenciones: la Unión Soviética y su bloque, Africa del Sur y Arabia Saudí.

Y así leemos que “la democracia solo es posible a condición de aceptar sus propias limitaciones…su propia incomplitud, como dirían los lógicos”. “La democracia no es una religión; el pueblo no es un Dios”.

Hablando sobre la “seguridad” señala que es la primera justificación del Estado. Nos recuerda que para Hobbes, el estado natural es una guerra de todos contra todos, dominado por el miedo. “la vida del hombre es entonces solitaria, cuasi animal y breve” le cita y de ahí la necesidad del Estado. Y lo respalda con Spinoza, que veía en la seguridad la función principal “de toda sociedad y de todo Estado”.

Señala Comte-Sponville que el error ha sido confundir el orden de los valores con el de las prioridades. Que la libertad es un valor elevado y la seguridad un estado necesario.

Y tanto los valores como las prioridades se producen en un cierto rango, entre límites. A unos límites podemos llamarles patologías. La patología del orden es el extremo que termina en dictadura, la patología de la libertad es el otro extremo que llega hasta la anarquía.

Y ahora lo asombroso de nuestra política.

Cuando el único candidato opositor con oportunidad de llegar al poder en nuestras venideras elecciones, caracterizado por “pensar rápido”, que según el considerado primer psicólogo hoy del mundo ( y lo dice nada menos que S Pinker de Harvard) Daniel Kahneman, es la forma mas común de los humanos pensar, la que lleva la decisión intuitiva, dice que no cree en la patología de la libertad, que es una patología de la democracia; en vez de ser apoyado por todos por evitar la anarquía y volver al orden ( aunque sea solo por eso que se le apoye), es atacado y denostado como si hubiese dicho que Jesucristo al bajar de la cruz no fue al cielo, sino que se retiró a vivir tranquilamente a una zona de Kashemira frente a un lago cristalino, como dice Salman Rushdie en una de sus novelas; algo por lo que (y valga la aclaración) los cristianos no lo han condenado a muerte. La civilización occidental entiende los espacios de libertad.

Y en el ataque a ese político le acusan de pretender volver al pasado. Cuando en todas partes la memoria histórica, una idea casi de culto, se emplea para superar el pasado- el holocausto, el franquismo, el Klux Klux Klan, los desaparecidos argentinos, etc.-aquí se emplea para volver a Trujillo.

Como si fuera el actual candidato opositor el que implantó en nuestros tiempos el “borrón y cuenta nueva”, olvidándose a propósito que lo hizo un caudillo que asombrosamente eligió el franquismo fascista español como su segundo exilio y que, de paso, permite a los ex-trujillistas y neo-trujillistas seguir siendo parte de los que dirigen este desorden nacional de hoy día, desorden que fue lo primero que dijo el actual mandatario nacional que era este país cuando asumió el poder en el 2004 por segunda vez.

Y volvemos al miedo. Joanna Bourke, profesora de Historia en Birkbeck College en Londres, recientemente publicó como distintos y falsos escenarios sobre la inseguridad ciudadana hacen del miedo un arma de dominación política y social.

La inseguridad ciudadana ni es un cuco, ni es una falsa percepción ni un espejismo. Es parte de la patología social de la dominación. Es parte de la mas peligrosa patología de la libertad.