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Wednesday, October 21, 2020

Caso de estudio: Identidad local en el mundo global. El caso del ADN cultural del pueblo dominicano

 Fernando I. Ferrán

Profesor-Investigador

Centro de Estudios P. Alemán,

PUCMM

 

Introducción

 

En el contexto del controvertido 12 de octubre, -día internacional de la raza, del descubrimiento español de  América, de la colonización, de la resistencia indígena, del encuentro de dos culturas o meramente del respeto a la diversidad cultural-, se plantea en el ámbito académico de la UASD la cuestión de “La construcción de la identidad en un mundo multicultural: de lo local a lo global”, gracias a la iniciativa diligente de los profesores Francisco Acosta y José Ramón Albaine.

 Celebrando la ocasión, aporto a la discusión el siguiente estudio de caso; pero no para repetir lo que ya está escrito acerca de los herederos del ADN o código cultural de los dominicanos.[1]

 Al contrario, me limitaré a narrar cómo edifiqué un marco de referencia teórico y metodológico, aplicándolo en la marcha al caso identitario del pueblo dominicano, y al final revisararé las conclusiones del referido estudio utilizado a modo ejemplar.

 Para abordar la exposición responderé cuatro preguntas inherentes a toda pesquisa: ¿cuál es el problema?, ¿cómo abordarlo teórica y metodológicamente?, ¿disponemos de algún caso de estudio donde evaluar el alcance del marco de referencia metodológico y la respuesta dada a dicho problema?; y, por último, ¿a qué conclusión se puede llegar?

Raudo y veloz, las respuestas.

 

I.                 El problema

 

La cuestión es la singularidad identitaria de un pueblo local, en tanto que componente integral e irreducible de la globalización universal.

 Contexto global. Vivimos en tiempos del “capitalismo de la vigilancia” (“surveillance capitalism”)[2][3][4] y de redes sociales para las cuales lo decisivo es que el ser humano ya es tratado como un sistema “hackeable”.

 La “big data” -antesala metafórica del gran inquisidor de Dostoviesky[5]- genera la “economía de la atención[6], valiéndose de alogritmos que visualizan cada sujeto humano antes de troquelar y homogenizar su comportamiento alrededor del globo terráqueo. independientemente de diversas y complejas sociedades y culturas.

 Así, pues, ubicados localmente en una civilización de vocación global y en expansión -si no por otra razón que la de una pandemia que nos recuerda que somos interdependientes no solo comercialmente-, la cuestión fundamental ha dejado de ser la de Sócrates, “conócete a ti mismo”, dado que el algoritmo nos conoce suficientemente bien.

 Por vía de consecuencia, -incluso sin discutir si lo anterior implica, tal y como considero, una pretenciosa ingenuidad, - se trata únicamente de una pretenciosa- en lo sucesivo me centro solamente en rastrear el tema de la identidad.

Si como afirma Yuval Noah Harari[7] la mente humana es una constante generadora de relatos, y nuestra identidad personal y colectiva es el relato central, entonces, hoy, debido al capitalismo de la vigilancia, el gran desafío de cualquier pueblo y de cada uno de los individuos que lo conforman ha de consistir en:

 Reconocerse cada uno a sí mismo y todos interactuando y aunados entre sí, -pero entiéndase bien, no por una instancia algorítmica enajenada en su simple objetividad impersonal, sino- provistos de una identidad singular e inalienable, en concordancia y afín con una configuración identitaria de naturaleza universal.

 Advertencias heurísticas. A propósito de dicho desafío conviene despejar malos entendidos.

 El término “identidad”, construido en base a relatos identitarios de un colectivo o población humana, resguardados por su memoria colectiva, a pesar de ser de raigambre fundamentalmente filosófica, no lo asumo en lo sucesivo como una entidad abstracta, ideal, atemporal, definitiva o inmutable, siempre igual a sí misma, nunca diferente ni alterna.

 Al contrario, la identidad implica las características de lo que se repite y adapta, porque se recuerda y deviene en medio de su inseparable proceso de diferenciación e incuestionable mutabilidad gracias a la unidad integral que expone y refiere sin confundir lo que aúna a lo largo de su vigencia en el tiempo.

 En ese contexto, segunda aclaración, la identidad de un pueblo no está referida a la población en general, a todos los habitantes de un mismo territorio geográfico y mucho menos a sus figuras más notorias o ejemplares por ser destacadas, distinguidas, calificadas, deslumbrantes, cimeras, poderosas, famosas o punteras.

 Precediendo esa comprensión del tema, la cuestión cultural de un pueblo no se resuelve desde mi perspectiva antropológica invocando ciertas hazañas y remembranzas históricas. Roma no es el César y tampoco Nerón. Y ni siquiera Alemania es el conjuno de sus obras cultas y ennoblecedoras frutos legítimos de sus hijos más destacados, como Goethe, Kant, Beethoven o Einstein.

 ¿A quién se refiere entonces la identidad de toda una población cuando se la identifica como pueblo?

En mi caso, solo significa un conglomeado de sujetos anónimos, sin popiedades ni principalías evidentes que, conviviendo y coexistiendo entre sí se reconocen y son reconocidos como titulares de un gentilicio singular: dominicano, suizo, coreano, angolés, boliviano, canadiense u otro de los cientos que ya han sido identificados alrededor del mundo.

 Objetivo del estudio. La cuestión central a problematizar es qué identifica y define de manera singular e inconfundible cada gentilicio atribuído a una u otra población humana ubicada en un territorio geográfico y tiempo histórico.

 El problema que suscita la compleja realidad de la identidad de un pueblo único, sumido a su vez en un mundo “ancho y ajeno[8], me sirve de pie de amigo para abodar -a modo de caso de estudio- la composición identitaria del pueblo dominicano.

 Y, por añadidura, me ayuda a dejar constancia del camino metodológico recorrido hasta por fin descifrar la singularidad del ser de cada pueblo sobre la faz de la tierra a partir de quién es -no del que sus miembros dicen no ser- siempre que esté ubicado en suelo suelo patrio o desde los “bordes[9] de su propia existencia.

 

II.               Marco de referencia

 

Materialismo cultural.  En mi caso, partí de la teoría antropológica de Marvin Harris[10]. Su eje central es la condición biológica de la especie humana y las necesidades que por ende enfrenta para su reproducción y satisfacción de necesidades más o menos perentorias.

 En ese contexto biológico, la conducta humana puede ser  estudiada en función de la lucha por la satisfacción de las primeras necesidades, dado  que hay requerimientos básicos en la vida de todo ser humano y de todo grupo humano sin cuya satisfacción la vida organizada resultaría imposible.

 Satisfacer necesidades biológicas como comer y reproducir la especie, o bien necesidades culturales como alojamiento, utensilios, ajuares, prendas, vanalidades y otros bienes materiales, pasan a ser resultado de los patrones de comportamiento cultural[11], en función del saber y poder de la labor realizada por el grupo social.

 En función de dichas necesidades y comportamientos se organizan finalmente los grupos humanos. Y, con el paso del tiempo, más que simples improvisaciones, despuntan tipos o modelos de organización social[12] que permiten caracterizar los patrones de comportamiento en función de los cuales el grupo humano se adapta a su medio ambiente natural y al social.

                          

Cultura.           Con ese telón de fondo, fue fácil concebir que la cultura, como tal, significa la facultad de adaptación del grupo humano a su entorno; o dicho de forma más detallada, el sistema de adaptación característico de una población provisto de un arco iris de memorables eventos y tradiciones, así como de habilidades, normas, acomodos y conciliaciones de habilidades, saberes, costumbres, técnicas, valores, símbolos, lenguas, creaciones artísticas y estéticas, creencias y conocimientos prácticos y teóricos.

 ADN o código  culural. En orden a escudriñar y hurgar en la organización social de cada grupo humano sus características identitarias a través de sus continuas modificacioens me valí de una metáfora bioquímica.

 En efecto, adapté el término ADN biológico de cualquier cuerpo biológico y lo redefiní en un contexto social como la dotación cultural de cualquiera sea el pueblo bajo estudio. Acuñé así la idea del ADN-cultural-del-dominicano.

En esa labor de parto, tomé prestado de las ciencias biológicas términos atribuidos al ADN biológico, tales como rasgos, recesivo, memes y otros tantos, pero los referí en todo momento a contenidos culturales derivados de los patrones de comportamiento de la población en uno u otros sistema de organización social.

Por ejemplo, al aplicar lo dicho a la realidad dominicana, pude inducir qué genes culturales hacen las veces de dominantes y cuáles de recesivos: primero, en el cuerpo social de cada grupo aislado regional de los otros, principalmente durante el siglo XIX; y, segundo, del pueblo dominicano entrado ya el siglo XX cuando el aislamieno y el regionalismo lugareño decimonónico cedieron definitivamente su principalía en el país.  

Contrapunteo. La interacción y el subsecuente intercambio de los rasgos culturales distintivos de cada tipo de organización social me condujo, siguiendo los pasos del antropólogo cubano Fernando Ortiz[13], al contrapunteo de los diversos modos de vida de la población, legados la mayoría de ellos desde tiempos pasados.

Ese contrapunteo analítico de los diversos genes culturales propios a cada orden social originario permite cernir cuáles pasan a ser dominantes en la población dominicana a finales del siglo XIX y a lo largo del XX. Esto así pues mientras unos genes pasan a ser culturalmentes dominantes, otros no desaparecen, pero sí pasan a ser recesivos en el código cultural dominicano.

El fruto de ese proceso de mutaciones temporales de la misma sociedad pemite identificar objetivamente, por ende, el código cultural del pueblo dominicano.

 

III.            Caso de estudio: el dominicano[14]

 

El propósito del estudio devino cernir la 


singularidad de un grupo humano que, a lo largo de 


su historia, se reconoce y es reconocido siendo 


parte constitutiva de un pueblo o colectivo 


calificado propiamente como “dominicano”, es decir, 


desprovisto de la sombrillla significativa de algún 


otro gentilicio.

 

Dado que esa colectividad se presenta por medio de los integrantes que la personifica interactuando consigo misma y con otras más, el punto de partida del estudio a partir del siglo XIX fueron sus sistemas de organización social y los patrones de comportamiento característicos que ahí se desplegaban.

 

Tal y como comprobé -y cualquier otro estudioso puede comprobar siguiendo la misma metodología antes resumida- en el momento de proclamar al mundo el nacimiento de un nuevo país independiente denominado República Dominicana, a inicios de 1844, en éste predominaban seis modelos tradicionales de organización social con sus respectivas características culturales; a saber, 

 

-         Hatero: subordinación (de tipo paternalista de los peones a un amo y patrón cuyas decisiones unipersonales no dejaban de ser arbitrarias); disimulada igualdad (que conduce al mestizaje racial y a la inexistencia de un dialecto por parte de los antiguos esclavos de origen africano).   

          Maderero: improvisación (de la vida en campamentos de trabajo provisionales); irresponsabilidad (a causa de la mera extracción depredadora y del recurso explotado sin previsión alguna por sus consecuencias y sustentabilidad).

-     Campesino: resignación y conformismo (por laborar la tierra y recoger sus frutos con capacidad únicamente para mantener su nivel de subsistencia); impotencia ante el medio ambiente natural y social (a falta de tecnologías y de participación en agrupaciones suprafamiliares y comunitarias).

 

-         Tabacalero: independencia (personal y familiar en minifundios laborados y administrados directamente por cada uno en su condición de propietario del fundo, sin respaldo estatal y sin mano de obra esclava ni extranjera); socialmente inclusivos e interdependientes (a partir de redes personales interdependientes y articuladas a un mercado libre en y fuera del país).

 -       Azucarero: sometimiento y sumisión (incondicional al administrador o dueño de la plantación y del ingenio); segregación y exclusión (de una población mayoritariamente foránea recluida en campamentos estables de trabajo o bateyes, a falta de cohabitación y convivencia con los dueños de la producción agroindustrial que son los únicos que toman las decisiones).

 -       Burocracia civil y militar: conformidad (de tipo acomodaticio e interesado respecto al superior jerárquico); ineficiencia y superficialidad (por falta de decisiones y redundancia de puestos y funciones).

 

La esquematización de su proceso de conformación social, por tanto, puede visualizarse en el siguiente cuadro.

 

Cuadro 1. ¿Qué tipos o modelos tradicionales de organización social han prevalecido y qué rasgos culturales conllevan?

 

Organización social

Patrones característicos

de comportamientos culturales

Hatero

Subordinación, disimulada igualdad

Maderero

Improvisación, irresponsabilidad

Campesino

Resignación, impotencia

Tabaquero

Independencia, iniciativa individual, interdependencia e inclusión social

Azucarero

Sumisión, exclusión social

Burocrático estatal

Ineficiencia, superficialidad

 

He ahí la procedencia y conformación del pueblo dominicano en cuanto sociedad independiente de cualquier corona o dominación ajena a él. Sin embargo, el análisis de su evolución y sucesivas transformaciones, particularmente a lo largo del siglo XX y de las dos décadas que van del XXI, significan la composición, identificación y confirmación del mapa del ADN cultural del dominicano.

 Legado fundamental de un pasado que mutó por efecto del cruce de características ya superadas, el código cultural del pueblo dominicano queda esquematizado en el siguiente cuadro, en función de cuatro variables fundamentales a la vida y ordenamiento de cualquier conglomerado social: su formación y existencia, su quehacer, sus eventos históricos y su conciencia.

       Cuadro 2. Mapa cultural del código cultural dominicano

 

Manifestación

Gen cultural

Descriptor

 

Existencial

 

Atávico

Experiencia vital de abandono, minusvaloración y empeño, sentimiento dramático de la vida.

 

Volitiva

 

Contraproducente

Proceder a tientas y contrapuesto a sí mismo, bravío y dócil, sin aparente lógica ni disciplina o propósito común.

 

Objetiva

 

Paradojal

Realismo paradójico del mundo histórico, personalismo, proezas sin recompensas, libertad truncada.

 

Consciente

 

Escéptico

Conciencia sin sentido de pertenencia, escurridiza, contrariada, dudosa, engañosa, crédula y descreída a la vez.

 

A continuación una exposición lineal de esa dotación cultural:

 

a.   El gen cultural carácterístico de la existencia del pueblo dominicano es atávico.

ecuérdese ante todo que se trata de una población sin madre y ni siquiera nodriza, pues fue literalmente abandonada a su suerte a los años de fundada la colonia española y a lo más solo dio tiempo para enseñar a hablar y a decir algunas oraciones.

De modo que, en más de un sentido, -no obstante ser codiciada su dote territorial por muchos pretendientes-, el desamparo y la inequidad pasaron a ser padrastro y madrastra de los retazos poblacionales que quedaron abandonados en La Española. Sus habitantes padecieron desde aquél entonces, de tantas arbitrariedades y exclusiones, como variadas pasaron a ser sus condiciones de vida y de ascendencia familiar, social y étnica.

Dado su estado de orfandad, la existencia del pueblo dominicano como un todo, al igual que la de sus integrantes, se encuentra atraída y atrapada por todo lo que la precede.

En ese contexto, el ritmo circular de las olas la tambalean y mueven…, pero sin que pueda avanzar.

 La existencia transcurre como lo que es retenido por una rémora o potala que la condiciona a repetir una y otra vez los mismos vaivenes y aconteceres patrios. Pareciera ser que, por más alto que quiera volar o lejos llegar y prosperar, no obstante, quedara cautiva una y otra vez de una mano no solo invisible[15], sino afectiva que la devuelve a su estado original de indefinición e ingravidez.

 

b.         El gen cultural distintivo a todo su quehacer y actuar, pues interviene en la voluntad y querer de sus miembros, se expresa de manera sinuosa y contrapuesta a sus propios deseos y propósitos.

 En medio de su indefinición existencial, que ni siquiera permite afirmar qué se es que no sea lo que no es, la voluntad del mismo pueblo se contraría y contrapone a sí misma en cuanto ansía, hace y quiere.

 Por eso en todo procede a tientas, sin aparente orden lógico, disciplina o causa común. Deambula sin rumbo ni propósitos fijos. Rara vez supera la satisfacción inmediata de sus necesidades perentorias o la búsqueda circunstancial de su mero placer e interés económico, en aras del bien común.

 De ahí que su voluntad individual desconoce la general y las decisiones con que afronta las penurias del presente esquivan la más de las veces cualquier esfuerzo colectivo de bienestar.

 Dado su característico zigzageo, un día da muestras de ser bravío y heroico, honesto y servicial, pero otros tantos aparece siendo indiferente y dócil, sumiso y desleal. Lo que procura con una mano, con la otra lo abandona y deshace. El prócer de hoy, mañana reclama su paga y a veces incluso traiciona la causa de toda una vida.

 

c.         El gen cultural del mismo pueblo se caracteriza por lo paradójico de su relato histórico.

 Llega a ser tan típico que su realismo no es de corte mágico como el del reino de este mundo[16], sino dramático; no recorre el laberinto de la soledad[17], sino el del abandono; y sus más de cien años de duración tampoco son de solitarias ocurrencias y creatividad imaginaria[18], sino de miseria en medio de una realidad adusta, soportada por una población bondadosa y espontánea, desprovista de legítima autoridad y revestida de sinsabores y tribulaciones.

Ese historial atestigua, empero, que el pueblo dominicano labora para permanecer en su patria chica, mas termina siendo expulsado de ella, en medio de devastaciones.

 Es leal a la corona colonial y termina cedido a otra.

 De espaldas siempre al gobierno de Santo Domingo, abre el país contra cal y canto al libre mercado internacional del tabaco y, desde sus vegas tabacaleras, restaura la república.

 Pierde su negocio por altanero y marullero, y queda excluido del nuevo orden y de la riqueza que generan otros tantos mercados, como el azucarero -en contubernio con el poder político del Estado- y consuma su ciclo reagrupándose nuevamente de manera informal en su propio país.

 Arrinconado en la patria chica resulta pendenciero, promueve un archipiélago ocupado por caudillos y termina ingenuamente provocando la injusta paz y modernización de una mano tirana.

Lucha por su república, su democracia, su constitución y sus elecciones, pero le recompensan con ocupaciones extranjeras, amén de un rosario de émulos de cualquier afortunado predecesor que repite el vuelve y vuelve de la ola del más de lo mismo, tan similar al resignado eterno retorno[19] de lo mismo cuantas veces dice, dónde está lo mío.

 Lo ponen a tocarle y bailarle a los señores de este mundo, sin que brillen sus ojos ni sus labios embriagados sonrían desde la mesa de los festines. Pero eso sí, no por todo ello, olvida ni deja de sembrar afabilidad y esperanzas, aun cuando bien sabe que le toca cosechar desilusiones en la patria o desde los bordes de ella.

 

d.         Hijo legítimo de tanto, la identidad del pueblo dominicano se descubre finalmente aunada en su memoria y estado de conciencia.

 

Dado du vertebrado -no invertebrado[20]- proceso de construcción social, esa identidad termina provista de un resultado único y singular, en la medida en que se conforma reunido a modo de crisol consciente de sí en el que confluye dicho historial de incongruencias, aquella voluntad de ser lo que no se es ni se ha logrado ser, y una existencia cimentada en un pasado único de desamparo y esfuerzos individuales.

 De ahí que la conciencia genérica de esa población concluya reconociéndose como escéptica.

 En cuanto tal, no tiene por qué ser optimista y carece de tiempo suficiente para descubrirse y regodearse siendo pesimista. Solo cuenta con su desorientación, sin sentido de pertenencia, inseguridad, y, sobre todo, la condición escurridiza que tipifica  su credulidad e incredulidad al mismo tiempo.

 En vivo contraste, por ejemplo con la conciencia estoica cubana, que al sol de hoy todo lo sigue soportando; o con la conciencia infeliz del pueblo haitiano, que ya ni espera ni padece, recargada de opresión, desdicha y desdén; o incluso con la traicionada, nostálgica y solitaria conciencia en fuga de cuanta difamación quiera decirse a propósito del pueblo mexicano, la conciencia estoica del dominicano todo lo oye y todo lo duda, todo lo cree y todo lo prejuzga y calla -como dice ese mismo gentío satisfecho en su sabiduría- “a según” los tiempos, las cosas y quién lo diga, quiera o haga.

 A modo de resumen y conclusión adelanto que, sin prejuicio de lo que acontezca en el por-venir, es en esa unidad final de su estado de conciencia que se asienta y reúne la memoria colectiva de todo aquél que se reconoce y es reconocido como integrante del pueblo cuyo gentilicio es “dominicano”.

 

IV.             Conclusión, el ADN cultural en medio de un mundo en expansión

 

El gran reto de la construcción social de la identidad dominicana consiste- una vez ubicada en y desde su patria en medio de un mundo transculturizante y en progresiva expansión-

 

Reconocerse, ser reconocida y mutar temporalmente, aunque sin por ello dejar de ser consciente en y para sí, tanto frente a la comunidad intenacional, como ante la conciencia de las venideras generaciones de heredeos de la inagotable gesta de insondables sacrificios y memorables eventos que cuentan su popia formación.

 Ese desafío es esencial.

 Luego de más de cinco siglos de gestación, historia y memoria colectiva, la conciencia dominicana continúa expresando lo que ella no es (-no-es haitiana, ni española y tampoco estadounidense, francesa o de alguna otra ascendencia étnica-), y no lo que ella es y deviene.

La situación se agrava, pues ella se reconoce en la actualidad sumergida en el resquemor ante un futuro que, por no estar escrito, siempre es incierto. Y por demás, su identidad no acaba de definirse a pesar de los conflictos y dilemas vividos y tampoco por sus acuerdos, recuerdos, tradiciones y relatos.

 En el caso dominicano, lo que adviene a nosotros es aún más desafiante que lo que ha dejado de ser, puesto que lo pretérito ha recurrido tantas veces a la práctica de camuflarse detrás de otros sistemas y modalidades culturales que, por doquier, comienza a confundirse y mezclarse sin saber decir todo -o al menos algo positivo- acerca de sí mismo.

No obstante ese desafío histórico, sostengo, en función de la evidencia disponible, que la metáfora cultural del ADN permite discernir el proceso por medio del cuál el cuerpo social de diversas generaciones humanas -porten éstas el gentilicio de dominicana u otro- construye su respectivo código cultural a partir de su organización social.

 Mi concepción y esperanza, en lo que a la patria dominicana  se refiere, descansan en esa columna vertebral de hombres y de mujeres que

 (i) Despertaron de su sueño colonial un día como contrabandistas abandonados y desalojados de las costas occidentales de La Española; 

(ii) Mutaron en sí mismos de manera independiente y desconfiada, hasta abrirse paso y por primera vez en la historia patria al libre mercado internacional desde sus predios tabacaleros, usualmente sin prestarle atención a gobiernos y leyes, primero coloniales y luego republicanos;

(iii)  Restauraron la misma república que finalmente, debido al gen azucarero y el poder político, le sustrajeron nativos y foráneos. Y por ahora, en fase recesiva,

(iv) Se transformaron a sí mismo y, excluidos de grandes riquezas y de la frecuentación de banquetes palaciegos, se refugian en un ámbito de informalidad desde el cual labran su progreso y añoran su propio bienestar, en y fuera del suelo patrio.

 La consecuencia de todo lo dicho es que aquella columna vertebral constitutiva del “pueblo” dominicano resulta ser en la actualidad -por razones de su dotación cultural-, tan individualista, entusiasta y valerosa, como desordenada, bullangera, indisciplinada e informal. Y, paradójicamente al mismo tiempo, no por eso pierde su serenidad, arrojo y empuje, ni oculta su encantadora afabilidad, bonhomía, candor, compasión e impávida solidaridad hacia los suyos y con todos los demás.

 He ahí, en esa paradoja que resulta de tantas conjunciones, la característica cultural por la que sobresale y se distingue la dotación cultural del pueblo dominicano de cualquier otra en la faz de la tierra.

 Si como creo la historia universal es como un ciempiés que contara hipotéticamente con 100 pueblos, el ADN cultural de cada uno de ellos hace las veces de una de las patas. Y todas ellas, incluyendo la dominicana, termina siendo un miembro único, inconfundible e insustituible, reunido en una sola historia universal del género humano.

En esa historia, la unidad y la diversidad de cualquier sociedad como la dominicana procede y se debe al código cultural legado a los herederos del mismo.

Por esa razón, entre el nivel del quehacer económico y los niveles de organización social, de lucha política, de control ideológico y de creación artística y vivencia religiosa de cada pueblo y de todos ellos transculturizados a una, existe una diferenciada unidad de su núcleo cultural que solo es posible separar analíticamente, pero sin por ello desintegrarla ni aislarla ni confundirla con las demás.

He ahí lo que demuestra el caso de estudio del ADN cultural, verificado en dicha columna de hombres y mujeres que legan la identidad del único pueblo que, en medio de un contexto universal, es y puede ser reconocido como dominicano.



[1] Ferrán, Fernando I.: Los herederros. ADN cultural de los dominicanos, Santo Domingo, Colección Cultural del Banco Central de la República Dominicana, 2019.

[2] Zuboff, Shoshan: Das Zeitalter des Überwachungskapitalismus. Berlín: Campus Verlag, 2018.

[3] Foster, John Bellamy: The Theory of Monopoly Capitalism (en inglés). Monthly Review Press, 1984.

[4] McChesney, Robert W.: The Problem of the Media: U.S: Communication Politics in the Twenty-First Century,  New York: Monthly Review Press, 2004.

[5] Dostoviesky, Fyódor: Los hermanos Karamazov, Madrid, Plaza Editorial, edición de 2013.

[6] Pedrycz, Witold y Chen, Shyi-Ming Chen (Eds.): Social Networks: A Framework of Computational Intelligence, Suiza, Springer, 2014.

 [7] Harari, Yuval Noah: 21 lecciones para el siglo XXI, Navarra, Debate, 2018.

[8] Alegría, Ciro: El Mundo es Ancho y Ajeno. Editorial Ercilia, Chile, 1941.

[9] García Peña, Lorgia: The Borders of Dominicanidad: Race, Nations and Archives of Contradictions, NC, Duke University Press 2016.

[10] Harris, Marvin: The Rise of Anthropological Theory. A History of Theories of Culture, New York: Thomas Y. Cromwell Company, 1968.

[11] Benedict, Ruth: Patterns of culture. Boston: Houghton Mifflin, 1934.

[12] Firth, Raymond: Elements of social organization, Londres, routledge, 1971.

[13] Ortiz, Fernando: Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Madrid: Cátedra, 2002.

[14] Supra, nota 1.

[15] Smith, Adam: La riqueza de las naciones, Barcelona, Oikos-Tau, 1988.

[16] Carpentier, Alejo: El reino de este mundo, La Habana, Letras Cubanas, 1987.

[17] Paz, Octavio: El laberinto de la soledad, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2007.

[18] García Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

[19] Nietzsche, Federico: Así habló Zaratustra. Edición de Andés Sánchez Pascual, Madrid: Alianza, 2003.

[20] Ortega y Gasset, José: España invertebrada, Madrid, Espasa y Calpe, edic. de 1964.